¿Puede un cuadro clave y referencia de un momento histórico “perderse” durante cuarenta años? Pues claro que puede, y ‘El abrazo’, de Juan Genovés, es un ejemplo dramático y perfecto de desmemoria, un ejemplo de lo que es esta pequeña península de desmemoriados que algunos llaman país. El lienzo acaba de ser rescatado de los sótanos del Museo Reina Sofía y por suerte puede contemplarse desde no hace mucho en el edificio del Congreso de los Diputados.

Cada uno tendrá su interpretación acerca de lo que el abrazo cuenta, interpretación más o menos oportunista, considerando que hace cuarenta años que el pintor terminó esta obra (fue en 1976), y considerando los debates que acerca de la transición política y su significado se suscitan en la actualidad.

Yo, con permiso del autor, que ha expresado su voluntad de que, al fin y al cabo, el cuadro pertenece a toda esa gente que ha acabado haciéndolo suyo, tengo también la mía propia, y tiene que ver con el propio significado de ese entrañable y necesario verbo: Abrazar. Porque en muchas interpretaciones veo que hay quien gusta de interpretar ese “abrazar” como la acción de adoptar o seguir una idea, “abrazó tal o cual ideología”. Pero ABRAZAR, con mayúsculas, para mi viene a ser esa más sutil y reconfortante acción de estrechar entre nuestros brazos a otra persona, y demostrarle así nuestro afecto. Ese es el abrazo que me interesa, y del que creo que hablamos aquí: de una expresión de afecto.

El estudio de Genovés era en aquel tiempo de transiciones un hervidero donde había espacio para las reuniones de personas de diferentes ámbitos de la izquierda madrileña, partidos y sindicatos, y El abrazo surgió en su momento como un símbolo gráfico de encuentro en su compromiso con la lucha por la conquista de la democracia. Su conversión en póster acarreó cárcel durante unos días a varias personas, incluído el pintor. Y posteriormente, se imprimieron miles, bajo el lema “Amnistía, amnistía, amnistía”, en referencia a las reivindicaciones respecto de los presos políticos. Ese poder simbólico lo hizo compartir paredes de muchos dormitorios de la juventud de finales de los setenta junto con el Guernica.

Hoy, el cuadro sigue comunicado una fuerte carga simbólica, con esas personas que surgen, de espaldas, para abrazarse frente a nosotros, personas salidas de algún invierno que caminan hacia la esperanza de un otoño de abrazos. El abrazo es hoy un símbolo de emoción y esperanza.

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