Nos deja Agustín Fernández Paz: Lo único que queda es el amor

El escritor gallego Agustín Fernández Paz es un autor de exquisita sensibilidad. Su reciente fallecimiento ha generado en Galicia una ola de consternación y múltiples muestras de respeto, cariño y admiración. Pero Fernández Paz era ya un autor consagrado, traducido a muchos idiomas, de coreano a búlgaro, chino o inglés, que gozaba del favor de lectores en todo el mundo. Por desgracia, a pesar de su prestigio y los muchos premios recibidos, era todavía demasiado desconocido para el gran público. Quizás se deba a ese artificial encasillamiento que hacemos de muchos autores dentro del género de la literatura infantil y juvenil.

Porque la extraordinaria literatura que practicaba Agustín Fernández Paz era apta para ser consumida por cualquier lector y a cualquier edad, más allá de esas constricciones de género. Baste decir, como anécdota, que alguno de sus libros, como es el caso del que aquí subrayaremos en esta ocasión, ‘Lo único que queda es el amor’, fue editado en algunos países dentro de colecciones para adultos, aún cuando el original en gallego había sido publicado en una colección de literatura infantil y juvenil.

‘Lo único que queda es el amor’, título que nace a partir de un verso del poeta turco Orhan Pamuk, es un delicioso conjunto de relatos, donde se entrelazan el amor y el desamor, la ausencia, las nostalgias, también las lecturas. Cada una de esas historias podría ser un pequeño libro en si misma, pero eso no las hace menos mágicas y poderosas. Tienen el tamaño exacto y la condensación perfecta. Un libro gourmet de un autor extraordinario.

Un extracto del relato ‘Amor de agosto’

“Lo que quiero contar sucedió en el verano de 1968, tenía yo en aquel entonces diecisiete años. (…) Ahora sé que ese año acontecieron muchas cosas importantes en el mundo,y que en ciudades como París o Praga, gente de mi edad estaba haciendo la revolución en las calles. Pero en aquella época yo ignoraba todo eso. Vilarelle era un lugar donde todo resultaba tan previsible e inmutable como el paso de las estaciones (…) De la escuela me marché a los trece años, porque en mi casa les habían dicho que ya era grande y que no necesitaba aprender más”.

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